Todo comenzó algún día de mediados de agosto del año 2016, yo estaba en la ciudad de México trabajando de taxista, ganándome la vida con cuatro horas de trabajo al día junto al horario y días libres que se me antojaran, siempre y cuando, cumpliera con la renta mensual. Ese era el segundo año de esa vida; mi gata Quiub, el departamento y el mantenimiento del taxi eran mis pocas responsabilidades; una vida que yo escogí por estar libre de estrés al contrario de lo que dictaba la cédula profesional que guardaba en mi cajón. Fueron tiempos en los que mi creatividad afloró y proyectos incontables vieron la luz en el pequeño taller que tenía en la habitación contigua; contaba con el tiempo y dinero suficiente para trabajar, tener un departamento para mi solo, una pareja, mi familia, entrenar/dirigir/guiar/jugar en un equipo que recién acababa de ganar el campeonato estatal, todo eso sin el desgaste, la apatía y el fastidio que caracterizan a las personas de las grandes ciudades, pues con mis 27 años me enorgullecía de no ser el clásico joven que al buscar la vida ésta se le escapa entre todo el papeleo de las facturas, el tiempo libre que tenía se equilibraba con ser relativamente pobre cuando se hablaba de dinero (pero rico cuando se hablaba de vivencias).
Es curioso ese equilibrio, no tenía la alacena llena pero nunca pasaba hambre, salvo cuando algún proyecto se me subía a la cabeza y abarca todo el espacio disponible en ella, incluyendo el reservado para el hambre, y cuando acababa, ya avanzada la tarde, el hambre contraatacaba tan feroz que me carcomía las entrañas, nada que unos tacos no pudieran solucionar; tampoco tenía mucho dinero para salir con amigos, así que no salía todos los fines, ni tampoco me importaba, pues nunca me rodee de los clásicos derrochadores sino de los que les gustan las pláticas bohemias junto con una botella y la interminable buena música que nos saliera del corazón, me rendía para comer, la renta, alguna ida cine, un café o salir a bailar, total, si era necesario, al siguiente día trabajaba un poco más para recuperar lo perdido.
Para el caso, mi vida era muy buena, me encantaba, una chingonería ser joven y tener tiempo y dinero para mis gustos, sin embargo es una vida con pocas ambiciones, cuando eres feliz te quedas quieto y eso empezó a incomodarme en el fondo de mis pensamientos “¿vas a seguir así hasta el final de tus días?”, “¿con que ésta es tu zona de confort, eh?”, “ya me imagino a los 64 con un montón de cachivaches a mi alrededor, todos invenciones mías, con el mejor taller que pudiera imaginar pero eso si, en el mismo lugar de siempre, mi mismo cuarto, mi mismo departamento, diferente gato y ya”. Decidí redirigir mi vida hacia un proyecto que había quedado relegado con el tiempo, viajar en bicicleta y esta vez le daría la vuelta al mundo.