24 mar 2018

El idioma de los hermanos

Recuerdo bien mis años de universidad en ellos conocí a muchas personas de todo tipo de ramas, el mundo se te muestra enorme cuando entras a una gran casa de estudios como la UAM, mientras estudiaba mi primer año decidí regresar al movimiento scout y durante mi último año disfruté del rugby. Ambas actividades me dieron algo que la escuela nunca me daría: Hermanos.




Disfruté esos años con el lema "Nada en esta vida se repite bajo las mismas circunstancias, disfruta este momento", "seize the day, carpe diem" decía el Capitán, y tenía razón, no se repitieron. Dejando de lado la nostalgia recuerdo alguna vez durante la primera mitad de nuestros buenos años haber comentado con Eder y con Chente por separado, que había llegado a la conclusión que lo que nos unía tanto era el ejercicio físico, éste nos dotaba de un lenguaje corporal que se convierte en trabajo en equipo inigualable, en cada juego, cada lucha, cada jugada o partido, conoces al de a lado, sabes perfectamente de lo que es capaz, juntos elaboran un idioma único que está hecho únicamente para y entre los integrantes del grupo y que los nuevos tienen que aprender, sabes cuando apoyar, pasar, ir a la derecha, izquierda, no hay nada igual como sentirte respaldado por tu clan o tu equipo, esto también se transfiere a la vida cotidiana cuando te sincronizas para subir a un coche o cocinar la comida, hasta caminando por la calle se da por entendido cuando puede uno rebasar o cruzar y la igualdad de jerarquía que sólo la simpleza de la juventud junto con la amistad dan. Hace mucho tiempo que no nos juntamos, las tradiciones se rompen, y aunque lo hiciéramos otra vez ya no sería lo mismo, todos crecemos y los caminos se separan, las opiniones y/o las carreras empiezan a ser más importantes que los amigos y los silencios, que antes eran inexistentes, ahora dominan abrumadoramente.

Por supuesto nunca he supuesto que no iba a volver a pasar, o mejor dicho, siempre he tenido la esperanza de que me volvería a pasar. Algunos años después estoy en España, trabajando un poco para seguir mi viaje al rededor del mundo y tuve la suerte de conocer a un Nicaragüense, Pablo, que era el jefe de mantenimiento del hostal en el que hago workaway, junto con él, Alex, un ruso que hace todo lo que se relacione con fuerza mientras su cuerpo le dé lo que acostumbró en su juventud, aunque ahora reprochen las articulaciones a sus casi 50 años. Ambos llegaron aquí como indocumentados mas ahora tienen todo en orden, les costó entre 3 a 6 años de trabajo duro solucionar  el terrible error de haber nacido en un país dónde las oportunidades no abundan y pagan poco, entré como "sacador" de sábanas pero con el tiempo fui acercándome o ellos a mi para ayudar en todo lo que un hostal con 200 camas en temporada alta demanda, ahí fue cuando lo volví a sentir, no jugábamos, ni competíamos por una copa, sólo arreglábamos algo aquí, transladábamos cosas para allá, la máxima expresión fue cuando levantamos unas máquinas de principio de siglo para arar campos, ya sólo eran decoración, pesaban más de 200kg, la más pequeña y la más grande superaba los 300kg, fue un desafío de logística, maña y fuerza que superamos con dos minutos de lluvia de ideas, todos estábamos compajinados y para esa vez nos acompañó otro mexicano, Amaury, al que no le costó acoplarse pues este idioma no le era ajeno. Duró poco el equipo, Pablo fue despedido al siguiente día pues no le renovaron contrato y a Alex lo vi una docena de veces más antes de enterarme que había tenido el mismo destino. Por unas semanas volví a sentir eso y me marcó otra vez, es algo tan simple, esa sensación de confianza llamada hermandad.



"Nosotros construimos pirámides, Arturo, no te detengas nunca" Pablo.



No hay comentarios.:

Publicar un comentario